Faltaba un solo día para que Paula Chaves se convirtiera en Paula Worthington, y la novia estaba que echaba humo porque el estúpido de su vecino todavía no le había devuelto su preciado anillo de compromiso.
¡Cómo se suponía que iba a subir el altar sin el anillo de Jorge! ¡Qué le iba a decir en el momento en que le preguntara por él! Hasta ahora había conseguido evitar comentarle el extravío de la alianza sugiriéndole que era tan caro que le daba miedo que se lo robaran, por lo que lo tenía guardado en la caja fuerte. A saber dónde narices guardaba realmente Pedro Alfonso su anillo, seguro que lo tenía por algún lugar tirado despreocupadamente.
Paula había esperado hasta el último momento para darle la
oportunidad a Pedro de ser una buena persona y devolver el objeto robado, pero estaba visto y comprobado que el Salvaje nunca había sido una buena persona.
¡Decidido! Ésa era la noche en la que recuperaría su anillo, no podía esperar ni un segundo más a que ese majadero hiciera lo correcto, pero ni loca iría sola: esperaría a que él no estuviera en casa y cometería un allanamiento de morada con la inestimable ayuda de sus hermanos. Seguro que ellos no le negarían nada de lo que les pidiera, después de todo era su encantadora hermana pequeña y ellos la adoraban.
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—¿Estás loca? ¡Ni por todo el oro del mundo te voy a ayudar a robar en casa de nuestro amigo Pedro! —exclamó Jose tras escuchar la proposición de Paula.
Ella miró suplicante a Daniel a la espera de su respuesta.
—Paula, tú sabes lo alocado que soy, pero, en serio, ¿allanamiento de morada? ¿No te parece algo demasiado drástico? ¿Por qué no le pides el objeto que te ha quitado y ya está?
—¿Es que acaso no creéis que lo he intentado, que no le he suplicado y llorado que me lo devuelva?
—Paula, tú no sabes suplicar, seguro que más bien se lo has ordenado —sentenció Jose.
—¡Sois mis hermanos, se supone que tenéis que apoyarme en todo!
—Sí, Paula, pero no en un robo. Además, ¿qué es eso tan importante que te ha quitado, a ver? —quiso saber Jose, interesado.
—Mi anillo de pedida —murmuró después de unos momentos de indecisión en los que no supo si contárselo a sus hermanos o no—. ¡Vale, me robó descaradamente mi alianza de pedida y se niega a devolvérmela! ¿Cómo me presento mañana ante el altar sin ella?
—¿Se puede saber cómo te robó Pedro tu anillo de pedida sin que te dieras cuenta? —indagó Daniel asombrado.
—¡Eso no es de vuestra incumbencia! —contestó Paula sonrojada al recordar el momento exacto de la pérdida del anillo.
—¿Has intentado emplear la amabilidad y el encanto, para variar, a la hora de pedirle que te lo devuelva? —curioseó Jose.
—¿Crees que eso me va a funcionar con Pedro Alfonso, el hombre que me lleva torturando desde pequeña?
—Paula, os torturabais mutuamente, por eso nos negamos a meternos en medio de vuestras peleas —señaló Jose.
—Bien, si no me ayudáis me veré obligada a decirle a Jorge que vais a su despedida de soltero. Sé que estáis deseosos de asistir —chantajeó Paula admirando la cara de espanto de sus hermanos—. Ah, y no tendré más remedio que sentaros junto a mi cuñada y a mi suegra, ya que creo que no hay otro sitio libre para vosotros.
La cara de sus hermanos pasó del espanto al horror en pocos segundos. Esperó a que asimilaran la terrible situación antes de añadir:
—Claro que, si me ayudáis, siempre puedo excusaros con Jorge o buscaros otros asientos más adecuados, quizá junto a las damas de honor.
—¡Joder, Paula! Si nos lo pides así… —comentó Daniel.
—… no podemos negarnos —finalizó Jose.
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Pedro estaba sorprendido ante la inusual petición de Jorge Guillermo Worthington III de que acudiera a su hogar para tomar medidas para unos nuevos muebles que pretendía encargar. Sobre todo porque ése era el día previo a su boda y también el día previsto para su despedida de soltero.
En el momento en el que tocó el timbre, el mismísimo dueño de la casa en persona abrió y lo invitó a entrar, lo condujo a su despacho y le sirvió una copa mientras lo invitaba a sentarse.
Por su parte Pedro prefirió permanecer de pie, al mismo nivel que su odiado competidor, y esperar a ver qué tenía que decirle, porque sin duda ese día no había sido llamado para hacer ningún trabajo, sino para ser intimidado por el dinero y el poder de Don Perfecto. Aunque había un problema con eso: él nunca se dejaba intimidar por nadie.
—Bien, ¿para qué me has llamado? —preguntó Pedro impaciente ante la pasividad de Jorge.
—Creo que ya lo sabes; no obstante, te lo recordaré: mañana es el día de mi boda y quiero que dejes en paz a mi mujer —ordenó mirándolo fríamente.
—Todavía no te has casado —repuso Pedro—, aún tengo la esperanza de que Paula recapacite y te deje plantado en el altar.
—¿Crees de verdad que Paula haría algo así? Ella es educada y culta, una perfecta señorita; si tuviera dudas, ya la hubiera dejado.
—Tú conoces a Doña Perfecta, pero yo conozco a Paula Chaves, y créeme cuando te digo que ella es capaz de eso y de mucho más.
—¿No te has preguntado nunca por qué sólo tú conoces la parte más desagradable de ella? ¿No será porque no le gustas?
—Oh, sí que le gusto —contestó Pedro sonriendo ladinamente.
—Entiendo —comentó Jorge flemáticamente, sin mostrar furia alguna—. Que hace años os hubierais acostado no te da derecho alguno sobre ella.
—Paula es mía y, aunque decida casarse contigo, siempre será mía —indicó Pedro con decisión.
—Y dime, entonces, ¿por qué no se casa contigo mañana en vez de conmigo? —preguntó maliciosamente Jorge.
—Porque, según ella, tú eres su hombre ideal —refunfuñó, molesto, Pedro.
—Ah, entonces ella te ha dicho que no… ¿cuántas veces? ¿Y cuántas más te tendrá que rechazar para que desistas? —insistió Jorge metiendo el dedo en la llaga.
—Eso es entre ella y yo.
—Sí, pero desde mañana pasará a ser problema mío. Cuéntame cómo podrás seguir aquí viéndola vivir su vida a mi lado, tener mis hijos...
—Yo…
—Y si has pensado en convertirme en un cornudo, te diré que no me agrada en absoluto; además, ¿has meditado sobre cómo podrá vivir ella consigo misma si me es infiel?
—Ella no se casará contigo —insistió firmemente Pedro.
—Pero, si decide hacerlo, te diré que no me convence para nada la idea del divorcio, así que, aunque se dé cuenta después de la boda de que ha cometido un error, según tú, yo ya no la dejaré escapar.
Tras una breve pausa, Jorge continuó:
—Dime cómo solucionamos este asunto: ¿la metemos a ella en nuestra lucha diaria y la hacemos tremendamente infeliz o uno de los dos se marcha mañana del pueblo y no vuelve a aparecer nunca más en la vida de Paula? ¿No te gusta tanto hacer apuestas? ¡Pues apostemos! Si ella se casa conmigo mañana, tú te vas para siempre. Si por el contrario me abandona en el altar, soy yo el que se larga de aquí sin mirar atrás — propuso Jorge Guillermo Worthington III.
Pedro miró la mano extendida de su enemigo a la espera de que aceptara el acuerdo. Tras pensar en lo que sería su vida diaria observando desde lejos a Paula con otro, estrechó su mano cerrando el trato.
—Espero que a pesar de tu apodo seas todo un caballero y cumplas con tu parte del trato —sugirió Jorge.
—No te preocupes, Don Perfecto, yo cumplo siempre mi palabra. Espero que tú también, porque, si tengo que sacarte del pueblo, yo no actuaré como un caballero.
—¡Yo siempre mantengo mi palabra! —replicó Jorge indignado.
—Bien, mejor para ti. Y ahora te dejo, tú tienes mucho que hacer en tu despedida de soltero y yo tengo que impedir una boda: la tuya.
—Espero que no hagas nada demasiado drástico para intentar impedirla.
—No te preocupes, ¿qué tendrías que temer de un hombre al que todos apodan el Salvaje? —concluyó alegremente mientras se terminaba la copa de un trago y se marchaba decidido hacia su hogar a esperar la visita de Paula, porque estaba totalmente seguro de que esa noche sería visitado por la novia en su búsqueda desesperada del anillo.
Pedro sonrió mientras palpaba en su bolsillo, donde se hallaba oculto el ostentoso diamante de Jorge. «¡Pobrecito! —pensó Pedro mirando a Don Perfecto—, aún no sabe que juego sucio.»
—¡Oh hija, por fin has llegado! —acudió Sara emocionada al ver a su pequeña—. ¿Por qué no me cuentas cómo de hermoso será tu vestido? —preguntó solícita Sara Chaves.
—Es el vestido más horrendo, más abultado y más lleno de encajes que he visto en mi vida —contestó Paula terriblemente indignada.
—Pero por lo menos será cómodo... —intentó indagar Sara para saber por qué razón su hija había escogido algo así para el día de su boda.
—No puedo dar dos pasos sin llevarme por delante todo lo que tengo a mi lado.
—Bueno, será barato entonces, ¿no? —quiso saber Sara preguntándose por qué su hija, que hasta ese día no se había preocupado mucho por el valor de las cosas, comenzaba a medir su economía.
—Vale más que toda la tienda entera de Madame Mirage; por suerte lo paga mi suegra.
—¿Se puede saber por qué te has comprado algo tan caro, feo y ridículamente incómodo, si no te gusta? —preguntó Sara algo alterada—. ¡Seguro que te has dejado engatusar por esas dos brujas! Es por eso, ¿verdad?
—No, las estaba manejando perfectamente hasta que…
—¿Que ocurrió, hija mía? —inquirió Sara Chaves finalmente
preocupada.
—¡Pedro Alfonso! —fue lo único que masculló ella además de una retahíla de insultos dirigidos a él mientras subía con escandalosas zancadas hacia su habitación.
****
Pedro Alfonso había salido esa noche en busca de compañía, pero no de una mujer, bastantes problemas tenía ya con una como para intentar complicarse con otra.
Además, su cerebro solamente podía pensar en una cosa: ¿cómo demonios hacer que Paula rompiera con Don Perfecto?
Podría conseguirlo en un segundo si le contaba a Jorge Guillermo Worthington III como reaccionaba Paula ante sus caricias, como le devolvía sus besos con la misma pasión, o como le era imposible negarse a que él tomara su cuerpo una y otra vez, donde fuera y como quisiera, porque ella, aunque nunca lo reconociera, era suya, y eso no lo podría cambiar nunca ningún Don Perfecto venido de fuera.
Pero con esto, además de decir definitivamente adiós a ese petimetre, también la alejaría de él por completo. Había esperado demasiado tiempo para estar con ella y no quería estropearlo todo, así que, a pesar de lo que sus instintos le decían, Pedro esperaba pacientemente a que Paula
cambiara de opinión.
Bueno, tan pacientemente como podía.
En el bar de Zoe se tomaba una cerveza esperando la presencia de su amigo Daniel o tal vez de Jose, que le contarían la reacción de Paula al llegar a casa, pero la persona que ocupó la silla próxima a la suya fue la despampanante y sexy Alicia Worthington, aunque para su gusto también era demasiado caprichosa.
—Hola, guapo, ¿qué hace un hombre como tú tan solito? —se insinuó mientras le acariciaba un brazo con sus inmaculadas uñas.
—Tomar una cerveza y esperar a unos amigos.
—¿Y no prefieres compañía femenina? —añadió acercándose cada vez más a él.
—No, gracias —contestó Pedro deshaciéndose de su abrazo.
—¡Pero a ti qué te pasa! —exclamó Alicia indignada por el rechazo—. No tienes pareja, estás soltero; entonces, ¿qué te impide relacionarte conmigo?
—Estoy enamorado de otra —confesó Pedro sin alterarse en absoluto por sus gritos y su chillona voz.
—¿Y se puede saber quién es esa chica tan especial? —ironizó Alicia.
—Paula Chaves —contestó Pedro sin inmutarse mientras seguía bebiendo su fría cerveza.
—Pero… pero esa chica está prometida, ¡va a casarse con mi hermano! —señaló Alicia confundida.
—Eso ya lo veremos —retó Pedro levantándose con brusquedad y dejando un billete en la barra.
Pedro se marchó del bar de Zoe sin volver la vista atrás.
La reacción de la rubia fue mirarlo enfurecida mientras marcaba el número de su hermano y le contaba una por una las palabras que había dicho Pedro sobre su futura esposa.
«Bien —pensó Pedro mientras se alejaba—, ya era hora de que Don Perfecto se enterara de que tenía competencia.»
Mientras Paula recibía con amabilidad a su cuñada y a su suegra en el vestidor de nuevo, Pedro, tremendamente aburrido ante las conversaciones de encajes, volantes, gasas y sedas, decidió divertirse un rato y comenzó a acariciar despacio las suaves piernas de la novia por encima de las ligas de seda.
—¿Tienes frío querida? —preguntó atentamente Analia al verla temblar.
—¡No! —gritó Paula aporreando su vestido ante los ojos atónitos de su suegra—. Son los nervios —intentó aclarar.
Pedro, sonriente aunque algo molesto por el golpe de Paula, decidió vengarse de ella, así que lentamente le bajó las braguitas y acarició su apetecible triángulo de rizos rubios que tanto lo tentaba.
Sus dedos acariciaron lánguidamente su interior cada vez más húmedo.
Paula, por su parte, ahogó un gemido y cerró con fuerza los ojos sin poder creerse lo que Pedro se atrevía a hacer debajo de su vestido.
—Parece ser que éste le gusta, mamá —comentó Alicia ante la reacción de Paula.
Y ésta, al abrir los ojos, vio ante sí un horrendo vestido lleno de plumas blancas.
—No... no creo… que… sea… el adecuado —gimoteó ella, acalorada.
Pedro, maliciosamente, agarró con decisión sus nalgas, acercó su boca a la dulce feminidad de Paula y se dispuso a devorarla sin piedad alguna, mientras ella simulaba que él no estaba allí. «Veamos cómo lo haces, ricitos», pensó Pedro mientras introducía uno de sus dedos en su húmedo interior sin dejar de jugar con su lengua alrededor de su clítoris.
—¡Dios, sí! —gritó Paula extasiada apretando con fuerza los volantes de su vestido.
—¿Ves, hija, como éste era más de su agrado? —señaló Analia ante un vestido lleno de moños y lazos.
Paula intentó protestar ante la aterradora idea de ser vista con eso puesto, pero sus piernas se doblaron ante los temblores próximos al orgasmo. Trató de resistirse, pensar en cosas desagradables, pero la lengua de Pedro le impedía pensar en nada y, cuando él introdujo otro de sus dedos en ella y fue sacándolos despacio e introduciéndolos con firmeza, ya no pudo más.
—En mi opinión, el vestido que lleva es el más favorecedor de todos —declaró Analia.
—Sí, a mí también me gusta— confirmó Alicia.
—¿Tú qué opinas querida? —preguntaron Analia y Alicia a la espera de una respuesta.
—¡Sííííí! —exclamó Paula en medio de un orgasmo que la dejó temblorosa y ligeramente aturdida.
—¡Bien! Entonces éste es el elegido —sentenció Analia con una sonrisa de satisfacción al ser uno de los vestidos que ella había propuesto.
—¿Qué? —preguntó Paula confundida ante la conversación de las dos mujeres.
—Cariño, ¿qué te pasa? Estás muy distraída. ¿Éste es el vestido por el que te has decidido? ¿Sí o no? —planteó Analia molesta ante su indecisión.
— Si no lo es, cámbiate rápido, no tenemos todo el día para que te decidas —apremió bruscamente Alicia.
—¡No! —gritó Paula ante la idea de quitarse el vestido y que descubrieran a Pedro.
—¿No es el vestido que has elegido entonces? —preguntó Analia desilusionada.
—No, no quiero quitármelo, es… — Paula pensó en sus opciones y viéndose finalmente sin salida alguna contestó—: es tan hermoso…, sin duda es el elegido.
—¡Oh, estoy tan feliz por ti, querida! Vamos a ver a la modista para que te tome el bajo y para pagar esta hermosura. ¡Estarás esplendida, los dejarás a todos sin palabras! —manifestó emocionada Analia saliendo del
vestidor en compañía de su hija y dejando finalmente a Paula a solas.
Pedro se apresuró a salir de debajo del vestido antes de que Paula la emprendiera a golpes con su persona y, observándola con detenimiento, comentó:
—Sin duda alguna los dejarás a todos sin habla.
—¡Pedro Alfonso! ¿Cómo se te ha ocurrido hacerme eso debajo del vestido? —chilló alterada mientras se ponía las braguitas blancas de encaje que él había osado quitarle.
—Estaba aburrido y tú un poco estresada, así que decidí hacerte un favor —dijo sonriente acercándose a ella todo lo que el abultado vestido le permitía—. ¿Y ahora me dirás cuándo vendrás a mi casa a recuperar el anillo?
— ¡Cuando tú no estés Pedro Alfonso, cuando tú no estés!
—¡Eso no es justo, ricitos! Yo he cumplido muy gustoso con mi parte del trato —contestó pasándose lentamente la lengua por los labios, deleitándose aún con su sabor.
—Sólo te dije que iría a tu casa a recuperarlo, no cuándo.
—Todavía faltan algunos días para la boda, yo me puedo atrincherar en mi hogar para esperarte, pero ¿puedes tú permitirte subir al altar sin tu anillo? —provocó Pedro mostrándole el anillo y alejándolo de su alcance mientras se marchaba de la minúscula habitación jugando con él.
La modista llegó acelerada y se topó con un hombre la mar de feliz que jugaba con una alianza. Apenas le prestó atención hasta que él le comentó:
—Madame Mirage, sus vestidos son auténticas obras de arte, y el que ha elegido la novia… apenas puedo expresar con palabras lo feliz que me ha hecho.
Sólo cuando el hombre se hubo ido de su local, Madame Mirage cayó en quién era el risueño individuo que la había saludado y, mientras arreglaba una de sus creaciones más alocadas, se preguntó qué narices hacía en su tienda Pedro Alfonso. ¿Sería verdad lo que se comentaba en el bar de Zoe sobre su apuesta?