viernes, 11 de agosto de 2017
CAPITULO 16
Cuando Pedro se fue a la universidad todos en Whiterlande pensaron que la vida volvería a ser igual de monótona que antes; Paula se transformó de nuevo en Doña Perfecta y ya nadie conseguía alterarla. Todo el año transcurría pacíficamente hasta que llegaban las vacaciones, porque, cuando Pedro retornaba a casa, la guerra entre los dos continuaba como si el tiempo no hubiera pasado.
La larga tregua que dictaba la distancia se acababa en cuanto volvían a verse de nuevo, y mientras Pedro saludaba a su vecina con un «hola larguirucha, ¿te han crecido ya los melones?», ella respondía «idiota descerebrado» mientras le arrojaba un zapato a la cabeza.
En ese preciso momento era cuando los habitantes del pueblo volvían a apostar sobre si Paula osaría tener pareja cuando Pedro regresara, pareja que desaparecería extrañamente, o sobre si a Pedro se le ocurriría traer a una chica con él cuando regresaba al pueblo, chica que lo abandonaba en pocos días.
Así, las apuestas de vacaciones pasaron a tratar sobre cuánto tiempo tardarían en espantar a la pareja del otro y cuál sería el primero en conseguirlo.
El primer año ganó Pedro tras aterrorizar al admirador de Paula haciéndole creer que él era realmente un loco homicida que ya se había deshecho de varios de sus anteriores novios. El hacha y la sangre de pega fueron motivos muy convincentes para que el joven Nicolas saliera corriendo de la vida de Paula sin volver la vista atrás.
El segundo año fue sin duda el mejor, pues todos celebraron que Paula venciera.
Cuando Pedro tenía veinte años y Paula apenas había cumplido los dieciocho, en las vacaciones de verano una rubia exuberante acompañó al Salvaje a Whiterlande. El odio fue mutuo: en cuanto Marjorie pisó el pueblo, lo odió con toda su alma, y en cuanto los lugareños la conocieron a ella, la detestaron profundamente.
Se trataba de una joven mimada y egoísta que se quejaba por todo, que no pedía, sino que exigía, y que pretendía que todos estuvieran pendientes de ella. Sólo duró en el pueblo seis horas, y eso porque Doña Perfecta estaba fuera haciendo unos recados para la obra de teatro del festival de
verano.
Cuando Paula aparcó su destartalado coche de tercera mano junto al bar de Zoe, apenas prestó atención a la rubia pechugona vestida con pésimo gusto y escasa indumentaria, a la que todos miraban con odio que se hallaba en esos instantes hablando por su móvil de última generación con una amiga.
Pero cuando pasó por su lado y la oyó nombrar a Pedro, puso sus cinco sentidos en espiar la conversación que mantenía mientras andaba muy lentamente hacia la entrada del bar.
—Sí, Ana, sólo tengo que decirle que estoy embarazada y, como educado caballero que es, seguro que lo pesco. Pedro Alfonso tiene una carrera prometedora como jugador. Si lo engancho ahora, no tendré que competir con las demás busconas… —Tras una pausa continuó—: Por supuesto que no estoy embarazada, meses después de la boda le diré que he perdido el bebé y asunto zanjado…
Paula había escuchado lo suficiente como para saber que en menos de una hora esa rubia saldría corriendo del pueblo, o incluso menos, si se daba prisa. Cuando Paula hubo repartido los folletos para la función de teatro de ese año por todo el pueblo, buscó a Timmy, un precioso niño de cuatro años que actuaría ese verano por primera vez.
Mientras lo llevaba a tomar un helado con el permiso de su madre, quien se encontraba en esos momentos en el bar de Zoe mirando algo de una pizarra, le comentaba al pequeño lo importante que era su papel en la obra.
—Verás Timmy, tú serás el hijo, por lo que vamos a ensayar y si lo haces bien te compro un helado de tres bolas.
—¡Jo, tres bolas! —exclamó excitado el crío—, mamá sólo me deja comer dos. ¡Qué guay!
Los hombres eran muy previsibles a cualquier edad: «cuanto más grande, mejor», pensó Paula antes de toparse con la feliz pareja en mitad de la calle.
—Mira, ahí está tu padre, ¡a actuar! —animó Paula al niño mientras señalaba a Pedro con el dedo.
Y Timmy, la mar de inspirado, corrió hacia Pedro y agarrándose a su pierna comenzó a sollozar y a gritar a pleno pulmón:
—¡Papá! ¿Por qué me abandonaste? ¿Fue porque fui malo? ¡Papá vuelve, no me dejes solo otra vez…!
Pedro miraba asombrado al chiquillo que se agarraba a su pierna sin saber qué hacer, ni por qué le decía esas cosas, hasta que apareció Paula en escena.
—¡Vámonos Timmy, tu padre no quiere saber nada de ti! —exclamó enfurecida mientras separaba al reticente niño de la pierna de Pedro, y continuó—: ¡No has tenido la decencia siquiera de llamar preguntando por él! ¡No me has pasado ni un centavo mientras cuidaba de tu hijo! ¡Te casaste conmigo por nuestro hijo, pero en cuanto tuviste la oportunidad de marcharte de este pueblo no miraste atrás! ¡Y ahora vienes con esta fulana y te paseas con ella por todo el lugar! ¡Te juro que cuando ganes el más mísero centavo te lo voy a quitar todo! —gritaba Paula a la cara de Pedro dejándolo mudo de asombro, quien, como no supo qué decir, simplemente guardó silencio.
Paula se fue con paso enfurecido a la vez que el niño era
arrastrado por la calle mientras no dejaba de gritar:
—¡Papá, te quiero, no me dejes!
En cuanto los dos entraron en la heladería de la señora Pick, sus rostros se tornaron sonrientes mientras se tomaban sus helados junto a la ventana a observar el espectáculo. La señora Pick, por primera vez en años, también se sentó y dejó de trabajar.
—¡Te juro, Marjorie, que no estoy casado ni tengo un hijo! Ésa era mi vecina la loca, que siempre que tiene oportunidad me fastidia con alguna de sus bromas. Pregunta a cualquiera del pueblo y verás —rogó Pedro a su enfadada novia, que estaba dispuesta marcharse en ese mismo instante con el coche que habían alquilado.
—Mira, ya verás —repitió Pedro mientras paraba al señor Philips y le preguntaba—: ¿A que no estoy casado y no tengo ningún hijo, señor Philips?
La respuesta que recibió no fue la que esperaba y, ante una asombrada Marjorie, el señor Philips contestó:
—Claro que estás casado Pedro, con Paula, y tienes un hijo de cuatro años que se llama Timmy.
Marjorie, encolerizada, le pegó una sonora bofetada a Pedro, cogió las llaves del coche y se marchó dejando tras de sí una gran humareda entre el chirriar de las ruedas.
Pedro, asombrado, se volvió hacia el señor Philips y le preguntó:
—¿Por qué ha dicho eso, señor Philips?
—Porque este año en la función de teatro te toca ser el marido de Paula y el padre de Timmy, y como a Paula no le quedaban folletos nos pidió que te lo dijéramos en cuanto te viéramos —aclaró el señor Philips tendiéndole un folleto.
—¡Oh, ésta me la pagas, Doña Perfecta! —murmuró Pedro mientras estrujaba el folleto.
Whiterlande estuvo pendiente durante días de la posible revancha de Pedro, pero ésta nunca llegó y todos se preguntaron por qué…
Pedro se hallaba agachado junto al desvencijado coche de Paula, que estaba aparcado descuidadamente en la entrada, dispuesto a desmontarlo pieza por pieza cuando oyó en mitad del silencio de la noche como Doña Perfecta se sentaba en el porche de su casa con un refresco en la mano. Su hermano Jose no tardó en reunirse con ella, enfurecido.
—¡Lo que le has hecho a Pedro no tiene nombre! ¡Nunca jamás volverá a ver a esa chica! ¡Si tenía alguna posibilidad de tener una relación seria con ella, tú la has destrozado!
—Créeme Jose, esa chica no le convenía —respondió Paula muy convencida.
—Tú no eres la más indicada para decir lo que le conviene o no.
—Todo el pueblo la detestaba, era mimada, ególatra y oportunista…
—¡Pero a quien le tiene que gustar es a Pedro, no al pueblo!
—Entonces, según tú, me tengo que quedar de brazos cruzados mientras Pedro comete el peor error de su vida —indicó enfadada.
—Dame una sola razón por la que no debo traer a Marjorie de vuelta y explicárselo todo —pidió Jose muy convencido de que no habría ninguna que fuera de su agrado.
—Oí una conversación de móvil que Marjorie sostenía con una amiga…
—Y por unas palabras fuera de contexto en las que decía algo que no te gustó la has echado del pueblo… ¡Vamos! ¡Dime qué era eso tan terrible que le contaba a su amiga! —solicitó Jose a la espera de demostrar que él tenía razón.
—Casi nada: Marjorie le explicaba a su amiga que iba a atrapar a Pedro con un embarazo ficticio, ya que era un jugador prometedor al que debería de conseguir cazar ahora, antes de que otras se le adelantasen — contestó Paula orgullosa al ver como la cara de su hermano cambiaba de satisfacción a horror.
—¡Por Dios! ¿Es eso cierto, Paula? —quiso saber Jose,
asombrado.
—Tú ya sabes que siempre te he dicho la verdad cuando me has preguntado sobre las gamberradas que le hago a Pedro.
—Entonces tienes que contárselo, Paula. Tienes que decírselo antes de que él se tome la revancha.
—¿Para qué?, ¿para que no me crea?, ¿para que dude de si es otra trastada más de las mías o no? No, no pienso decirle que esa mujer iba sólo por su dinero. Eso le haría daño y yo no soy tan cruel. Además, es muy poco imaginativo a la hora de vengarse. Lo más probable es que la tome con mi coche, al que le quedan ya dos telediarios —repuso Paula antes de desear a su hermano las buenas noches y dirigirse hacia el interior de la casa.
—Paula—llamó Jose haciendo que su hermana detuviera sus repentinas prisas por marcharse a su habitación—. ¿Tú odias a Pedro o lo quieres?
Paula se rió de su hermano antes de contestar.
—Digamos simplemente que no es el más adecuado para mi lista.
Cuando Jose se quedó solo en el porche, se preguntó pensativo en voz alta:
—¿Qué habrá querido decir con eso?
No esperaba respuesta alguna, por eso se sobresaltó al escuchar la voz de su amigo gruñir detrás del coche de Paula.
—¡Maldita lista de las narices!
—Pedro, ¿eres tú? —preguntó Jose a la espera de que su amigo se diera a conocer, y así fue: Pedro salió de su escondite tras el vehículo.
—Lo has oído todo, ¿verdad? —quiso saber Jose a la espera de una confirmación.
—Sí, desde el principio hasta el final.
—Entonces, ¿qué vas a hacer?
—Antes que nada, arreglar la tartana de tu hermana, y después mejorarla. Tiene las ruedas flojas, los limpiacristales rotos y las ventanas…
—No me refería a eso —señaló descontento Jose ante la respuesta de su amigo.
—Ya lo sé —repuso Pedro antes de volver hacia su casa en busca de más herramientas.
Días después de que Paula echara a Marjorie del pueblo, Doña Perfecta cogía la cogorza más grande de su vida en la fiesta que celebraba su amiga Amanda en casa de sus padres, aprovechando que éstos estaban fuera. Thomas, el chico con el que Doña Perfecta salía ese año, que era nuevo en el pueblo y aún no había oído hablar de Pedro Alfonso, animó a una enfadada Paula a beber todo lo que se le pusiera por delante y ella, molesta al ver como Pedro bailaba una canción lenta apretujado entre dos rubias tetonas, aceptó.
En cuanto Pedro vio el lamentable estado en el que se encontraba su vecina, ante la mirada asombrada de todos, le dio una paliza a Thomas hasta dejarlo medio inconsciente y luego lo tiró a la piscina.
A Paula simplemente se la cargó al hombro, le arrebató las llaves del coche y se dispuso a llevarla a casa.
Fue bastante molesto conducir junto a una rubia preciosa que lamentablemente cantaba como el demonio y cuyo repertorio se limitaba a gritar una y otra vez el estribillo de una estúpida canción de campamento.
Pedro intentó poner la radio del coche, pero, en cuando subía el volumen para acallar sus berridos, ella gritaba más fuerte para hacerse oír, así que finalmente lo dejó por imposible y apagó la radio.
Cuando llegó a casa de Paula, vio las luces del salón aún encendidas, por lo que aparcó en su entrada para que el señor Chaves no los viera y decidió cargar con ella hacia el interior de su casa, en la que por suerte no había nadie ya que su madre y su abuela se habían marchado a pasar la noche con una amiga enferma.
Se la echó al hombro como si de un saco de patatas se tratase, rogando para que en esa postura pusiera fin a sus berridos. Pero no tuvo suerte, así que le dio un golpecito en el trasero mientras le advertía:
—Como no te calles, todo el pueblo se va a enterar de que estás borracha, incluido tu adorable padre.
El silencio se hizo y por fin Pedro pudo llamar por teléfono con la mano que le quedaba libre a su amigo Daniel, que seguramente estaría muerto de preocupación por su querida hermana Doña Perfecta.
—Aquí al habla el semental —contestó Dani entre alguna que otra risa femenina.
—Semental, ¿sabes dónde está tu queridísima hermana? —preguntó Pedro furioso ante la despreocupación de su amigo.
—Pues creo que en estos instantes la tendrás encima de uno de tus hombros colgada como un trasto cualquiera. Antes te vi salir de esa manera tan elegante de la fiesta. ¡Hola hermanita! —gritó Daniel felizmente a la espera de la contestación de Paula.
—Hola Dani, Pedro me ha secuestrado —contestó ella alegremente desde el hombro de su vecino.
—¡Tú calla! —regañó Pedro a su carga mientras le golpeaba
nuevamente el trasero y seguía con su conversación—. No la he secuestrado, está como una cuba gracias a su querido amiguito, que le ha metido por el gaznate todo lo que tuviera un mínimo grado de alcohol. No me atrevo a llevarla a tu casa, pues tu padre la está esperando en el salón y no creo que pueda meterla en su habitación sin que nos pillen y le echen la bronca.
—Pues déjala en el porche con una nota —bromeó Daniel con un hombre que en esos momentos carecía de cualquier sentido del humor.
—¡A ti sí que te voy a dejar en el porche, pero con una nota metida por el cu…!
—¡Vale, vale, era broma! ¿Por qué no te la quedas esta noche en tu casa y yo llamo a papá y le digo que se ha quedado a dormir con Amanda?
—¿Me estás confiando a tu hermana? —preguntó Pedro asombrado.
—Seamos realistas: tú la cuidas más que nosotros cuando estás aquí y, como os lleváis como el perro y el gato, dudo mucho de que os dé por enrollaros o algo parecido, así que en definitiva está a salvo de tus encantos de seductor.
—Pero Daniela, tu hermana está bo…
—Buenas noches, Pedro. Te dejo. Has abandonado aquí a unas rubias muy bonitas y solas a las que yo tengo que contentar —comentó Daniel rápidamente antes de colgar el teléfono sin darle tiempo a Pedro a contarle que algunas personas estando borrachas actuaban como nunca lo harían sobrias.
«Bueno, espero que Doña Perfecta no sea de ésas», pensó Pedro mientras la subía hacia su habitación resignado a cargar con ella
CAPITULO 15
En cuanto Paula Chaves cogió el teléfono y comenzó a llamar a los vecinos del pueblo que habían participado en la obra de Navidad, todos acudieron intrigados. Pero cuando se corrió la voz de que Pedro Alfonso también estaba implicado en la fechoría que planeaba Paula, el pueblo entero se confabuló, pues ni uno solo de los habitantes de aquel lugar quería perderse lo que esa noche estaba ocurriendo en el granero del viejo Joe.
Todos recibieron un papel por parte de la perfecta directora de escena, ya fuera hacer de mafioso, de víctima o de cadáver.
Y así fue como Mauricio se encontró colgado de un largo gancho del techo del granero, mientras era zarandeado por un hombre con medio rostro quemado y mirada amenazante que le gritaba:
—¡Eh, tú! ¡Sabandija! ¡Despierta! El jefe quiere hablar contigo, no le ha gustado nada que maltrates a uno de sus chicos.
Cuando Mauricio se despertó, miró confuso lo que le rodeaba.
Se hallaba en un granero, posiblemente abandonado. No muy lejos de él un hombre robusto vestido con un elegante traje de Armani permanecía sentado en un sillón mirándolo fijamente. A su lado había dos jóvenes que vestían demasiado bien para ser simples muchachos del lugar. El viejo con la cara abrasada le hizo dar vueltas para que observara todo lo demás que le rodeaba.
Mauricio se mareó, pero pudo ver como una fila de hombres bien armados custodiaba la única vía de escape.
Se dispuso a preguntar bruscamente qué narices hacía él allí si minutos antes estaba hablando con su hijo. En ese momento Pedro entró por la puerta con una joven de su edad, más o menos amordazada y atada, con lágrimas en los ojos.
Por lo visto el chico se había cambiado de ropa después de la pelea y ahora lucía una cara y elegante chaqueta de cuero de color negro, sobre pantalones y camisa de marca y unas gafas de sol que lo hacían parecer mayor y más peligroso.
Después de todo, su hijo sí tenía dinero.
—¡Serás cabrón! ¡Yo quedándome con tus migajas y tú despilfarrando el dinero! —le gritó Mauricio a su hijo.
Pedro lo miró despectivamente, como si fuera basura, e ignorándolo habló con el que parecía ser el jefe.
—Vittorio, ¿cuándo nos desharemos de él? Ya sabes que tiene que ser antes de que regrese mi madre.
—¿Cómo que deshacerse de mí? —preguntó Mauricio confuso sin que su mente registrara aún donde se había metido.
—No te preocupes hijo, todo a su debido tiempo, resolvamos primero otros asuntos de mayor importancia —contestó el hombre con un leve tono italiano, apenas perceptible, en su voz.
Mauricio, tras escuchar al mafioso, comenzó a pensar que su hijo no se traía nada bueno entre manos. Pero aún no suplicó, él no era de los que imploraban y su vástago era de los buenos, seguro que todo era un malentendido, pensó mientras miraba cómo la angelical rubia de ojos azules lloraba con desesperación y gritaba histérica tras su mordaza.
De repente, para su consternación, otros hombres entraron cargando a un individuo de mediana edad que había sido terriblemente golpeado. Lo pusieron de rodillas delante de Vittorio y lo hicieron besarle los pies.
Cuando alzó el rostro, suplicó al mafioso mientras miraba a la rubita que cada vez gritaba más histérica.
—¡Por favor, le pagaré, señor Vittorio! ¡Le pagaré! No era mi intención retrasarme en el pago, pero, por lo que más quiera, ¡suelte a mi hija!
—Me he quedado con tu casa, ahora me quedaré con tu hija hasta que saldes tu deuda —concluyó el mafioso sin inmutarse ante la desesperación del hombre—. Llevadlo fuera y, si intenta volver a entrar, matadlo — sentenció el señor Vittorio mientras sus hombres se llevaban al otro a rastras.
Poco después de que la puerta se cerrase nuevamente, se oyeron gritos y forcejeos y finalmente unos fuertes disparos.
—Id a ayudarlos —ordenó Vittorio a los jóvenes que estaban junto a él, con rasgos similares a los suyos.
—Pero, padre, ¿y la chica? —protestó uno de ellos mirando con ojos lascivos a la pobre rubia.
—La chica no es para ti, es para mi nuevo hijo —contestó alegremente señalando a Pedro—. Chico, disfruta de tu regalo por tan magnífico partido.
Mauricio observó asombrado como su buen hijo, que siempre parecía asustado cuando él venía a verlo, se convertía en un cabrón despiadado delante de sus ojos.
Pedro cargó con la chica al hombro hacia un lugar oscuro donde se escucharon gritos espantosos, insultos, forcejeos y desgarros de ropa.
Él era el único horrorizado en aquel lugar, todos los demás permanecían inmutables; entonces fue cuando comenzó a temer por su vida y a temblar como un animalillo asustado.
—¿Qué quiere de mí? —preguntó al mafioso un asustado Mauricio.
—¿Yo? —preguntó Vittorio con inocencia—. Poca cosa, tan sólo que firmes los papeles del divorcio y dejes en paz a mi nueva esposa. Mi nuevo hijo, por el contrario, quiere tu sangre y a mí siempre me gusta tener contentos a mis chicos.
—¿Tú te vas a casar con Penélope? —preguntó Mauricio confuso y asustado.
—Sí, ella me proporciona una buena posición en el pueblo, es muy dulce y nunca se entera de nada. Así que, ¿por qué no?
—¡Eres un mafioso! —aclaró aterrado Mauricio.
—¿Tú crees? —contestó el hombre del rostro quemado entre carcajadas.
—¡Haré lo que tú quieras, pero, por favor, suéltame! —empezó a suplicar Mauricio.
—Me das pena, así que firma los papeles y márchate —concedió Vittorio—, pero, como te vuelva a ver por este pueblo, mis hombres se encargarán de ti.
Los hombres del mafioso soltaron a Mauricio, que tembloroso firmó los documentos. Cuando ya se dirigía a la salida vio cómo la chica que había sido secuestrada, y seguramente violada, corría hacia la puerta pero sin llegar a obtener la libertad, porque su hijo sacó una pistola y delante de él la mató a sangre fría, luego lo apuntó con el arma y, mientras Mauricio temblaba de miedo ante la perspectiva de una muerte segura, el mafioso cumplió su palabra ante sus asombrados ojos:
—Déjalo chico, no volverá a molestarte —ordenó firmemente
Vittorio.
Los ojos fríos y furiosos de Pedro miraron a su padre desde detrás de un arma, pero al final la bajó no sin antes advertirle:
—No vuelvas por aquí. ¡Jamás!
Mauricio salió corriendo del lugar sin volver la vista atrás y, cuando lo perdieron de vista por todos, la chica cadáver se levantó y felicitó a todo el mundo por una gran actuación.
Horas más tarde los habitantes de Whiterlande montaron una fiesta en el granero del viejo Joe, con cerveza y música, y, por supuesto, apuestas.
Jeff apostó a que la tregua entre esos dos no duraría mucho; ninguno estuvo de acuerdo con él hasta que oyeron como la perfecta Paula gritaba furiosa.
—¡Me tocaste una teta!
—Te juro que fue sin querer —dijo Pedro levantando sus manos en señal de rendición—. Además, ricitos, yo no sabía que tuvieras de ésas.
—¡Idiota! —gritó Doña Perfecta antes de tirarle un zapato a Pedro y salir cojeando de la reunión.
El bote, finalmente, fue para Jeff.
jueves, 10 de agosto de 2017
CAPITULO 14
Nunca pensé que me sentaría en el porche de casa de mi abuela junto a Paula y que hablaríamos tranquilamente como dos amigos mientras bebíamos una cerveza.
Cuando éramos niños siempre nos hacíamos rabiar, y en la adolescencia seguíamos igual. Tal vez dentro de unos años maduraríamos y todo cambiaría.
Por mi parte había comenzado a ver a Paula desde otra perspectiva después de ese maldito baile: aquel beso me había mantenido en vela más de una noche. Siempre soñaba con que llegábamos más allá de unos simples besos, pero, cuando estaba a punto de acostarme con Doña Perfecta, me despertaba acalorado y sudoroso, deseando tenerla al lado para poner en práctica todo lo que había hecho en mis sueños.
Nunca me había molestado en pensar más de dos veces en una chica, siempre iba de una conquista a otra sin importarme nada, pero ella… ella era diferente. ¿Qué tendría que hacer para conquistarla? Conociéndola como la conocía, lo principal era tener paciencia y esperar a que se olvidara de esa estúpida lista.
—¿Sabes? He pensado acerca de como podemos deshacernos de tu padre para que no te moleste nunca más —dijo Paula interrumpiendo mis meditaciones mientras señalaba con la botella de cerveza a mi padre, quien permanecía inconsciente y atado con un gran lazo rojo ante la entrada de casa.
—Ya lo hemos hablado, Paula, y no puedes matarlo —repuse harto de escuchar historias de películas malas de terror en las que los tontos universitarios se deshacían de un cuerpo que luego volvía para atormentarlos.
—No, creo que podemos quitárnoslo de encima sin matarlo —afirmó pensativa mientras daba vueltas alrededor de mi padre con ese brillo malévolo en los ojos que solamente yo conocía.
—Lo dudo, mi padre es como una sanguijuela cuando huele dinero y hasta que no exprima el último céntimo de mi beca universitaria no se despegará de mí —comenté dándole un nuevo trago a mi cerveza—. Por cierto, ¿qué es lo que querías hacer conmigo? —pregunté divertido señalando el gran lazo rojo que envolvía a mi padre.
—Nada demasiado terrible: sólo dejarte inconsciente, atarte y obligarte a ver todos y cada uno de los capítulos de la primera temporada de «Sexo en Nueva York».
—¡Joder! ¡Eso sí que es tortura, Paula! —exclamé aterrorizado ante la perspectiva de ver una serie donde solamente salían mujeres hablando de zapatos y hombres.
—Lo sé —contestó con una sonrisa llena de satisfacción en los labios.
—Con respecto a tu padre... —añadió Paula volviendo al ataque —. ¿Y si le hacemos creer que tu madre está saliendo con alguien al que él pueda llegar a temer?
—Mi padre siempre escapa de la ley y no la respeta en absoluto.
—Yo no pensaba en la policía. ¿Y si le hacemos creer que tu madre sale con alguien peligroso?
—Paula, en este aburrido pueblo no hay nadie que se pueda tildar de peligroso.
—Pero sí hay muy buenos actores, ¿o es que acaso no recuerdas la obra de Navidad que yo dirigí en el acto de encendido del árbol?
—Sí —contesté sonriendo al imaginar lo que Doña Perfecta se traía entre manos—. Nunca vi una representación mejor de El padrino que la que tú hiciste.
—¡Pues entonces vamos! —me dijo tendiéndome la mano—. Aún hay mucho que hacer antes de actuar.
—¡Qué empiece la función! —solté antes de coger la mano de Paula y unirme a su locura.
CAPITULO 13
Estaba tremendamente cansado cuando llegué a casa después del partido. Por suerte, mi equipo ganó por tres puntos y mis compañeros y yo destacamos ante el equipo rival a pesar de recibir pocos ánimos por parte de una loca rubia que sólo quería que me derribaran.
Gracias a la animosidad de esa molesta Doña Perfecta, y a los saltitos que daba con su ajustada camiseta y sus cortos pantalones, perdí la concentración en varias ocasiones y fui placado como si fuera un principiante, pero, a pesar de todo, varios ojeadores me ofrecieron buenos tratos para distintas universidades. Ahora únicamente tenía que conseguir terminar los estudios y elegir adónde ir y qué hacer.
Cuando me acerqué a casa de la abuela, ahora vacía porque ella y mi madre estaban realizando un viaje, vi una vez más la figura tan temida por mí estos últimos años: mi querido padre, que nuevamente había venido a ver cómo estaba y lo que podía sacarme.
Observé como la fuerte figura de un hombre robusto de mediana edad bajó del oscuro porche hacia mí; su rostro enfurecido muy parecido al mío no mostraba alegría alguna al ver nuevamente a su progenie, y sus palabras fueron bruscas y amenazantes:
—Una vez más, a pesar de venir sin avisar, no encuentro a tu madre o a tu abuela en casa, sólo a ti.
—Se han ido de viaje —contesté intentando pasar de largo, algo que con él nunca funcionaba; sin previo aviso, me empujó contra la pared y, con su brazo apoyado fuertemente contra mi cuello, me retuvo allí sintiéndose superior mientras yo forcejeaba inútilmente tratando de zafarme de él y respirar con normalidad.
—¿No te parece extraño que después de tantos años de búsqueda, cuando hace unos meses por fin doy con el paradero de tu madre, ella nunca esté?
—Ella no quiere volver a verte y yo tampoco, ¿por qué no te marchas de una vez y nos dejas en paz? —contesté entrecortadamente intentando respirar.
Él me golpeó fuertemente con su puño en la cara y volvió a la carga con sus peticiones.
—¡Ella es mi mujer y no me marcharé de aquí sin Penélope! Aunque intentes protegerla, no podrás estar siempre a su lado. He oído que lo más seguro es que el año que viene te vayas a una buena universidad. Esas universidades siempre dan grandes becas. Tal vez si me dieras algo de dinero no tendría que venir a molestar a tu madre con mis problemas.
—Ah, por fin llegamos al centro de la cuestión: el dinero. ¿Cuánto tiempo más vas a seguir amenazándome?
—Todo el que quiera, ¡si no fuera por mí, tú no habrías nacido…!
—Y si no fuera por ti, mi madre sería una mujer feliz —interrumpí irónico ganándome un nuevo puñetazo.
Estaba resignado a recibir una nueva paliza de mi adorado padre cuando oí un golpe seco y, segundos después, fui libre. Miré atontado la escena que tenía ante mí sin poder terminar de creérmelo.
Mi padre, en el suelo, gemía semiinconsciente mientras era aporreado con un palo por un jugador de hockey del instituto que llevaba puesta una máscara parecida a la de Viernes 13, pero que portaba un lacito rosa.
Pensé que los golpes de mi padre habían comenzado a producirme una conmoción al presenciar una escena tan irreal, cuando escuché unos grititos asustados de mujer en el momento en que mi padre quedó inconsciente en el césped.
—¡Oh, no! ¡Lo he matado! ¡Mierda, lo he matado! Como vaya a la cárcel por ti… ¡No puedo ir a la cárcel por ti!
—¿Paula? —pregunté confuso al reconocer sus chillidos histéricos.
Ella se quitó la máscara enfurecida porque no la había reconocido, ¡qué mona se ponía cuando se enfadaba!
—¡Se suponía que te tenía que dar un susto! Pero cuando vi como ese matón te golpeaba me enfadé: nadie que no sea yo puede vapulearte — declaró iracunda—. Pero ahora iré a la cárcel por matar a tu agresor y entonces no encontraré a un hombre especial, seguro que acabaré gorda y foca, y con tatuajes, y cuando salga de la cárcel seré vieja y fea, y terminaré casada con un hombre llamado Buba… ¡y todo será por tu culpa! —exclamó señalándome enojada después de finalizar su increíble historia.
¡Dios mío, qué imaginación!
Podía haberme deleitado un poco más con sus extravagantes historias, en las que planeaba como deshacerse del cadáver, si no fuera porque temía que en cualquier momento mi padre volviera a la consciencia y esta vez atacara a la inocente Paula, así que sin más le expliqué por qué no podía cargar con mi padre hasta el lago y colocarle un bloque de cemento en los pies.
—Entonces cuando el cemento se seque… ¿tardará mucho en secarse?... Bueno, da igual, cuando se seque…
—Paula... —traté de interrumpirla.
—Espera a escuchar mi plan y luego discutimos sobre él, aunque mis planes siempre…
—Paula… —lo intenté nuevamente.
—¿Qué quieres, Pedro? ¡Estoy intentando salvarnos el cuello y tú no haces otra cosa que interrumpirme!
—Paula, mi padre no está muerto, sólo inconsciente —le indiqué cuando me di cuenta de que comenzaba a moverse.
—¡Qué! ¿Ese hombre horrendo es tu padre? —preguntó confusa.
—Por desgracia, sí —contesté avergonzado.
Entonces fue cuando ella hizo algo que me hizo reír a pesar de la paliza, del agotamiento y del día tan desastroso que llevaba. Ella golpeó nuevamente a mi padre dejándolo otra vez inconsciente y me comentó mirándolo con furia:
—Mi propuesta de deshacernos de él sigue en pie.
CAPITULO 12
Me pasé las semanas siguientes planificando como vengarme del estúpido del vecino por arruinar mi primer beso. Planeé romperle el coche, pero no tenía. Hacer que cortara con la novia, pero tampoco tenía. Mi madre me había prohibido rotundamente acercarme a la escopeta, por lo que tampoco podía dispararle. ¿Bajarle la nota en los exámenes? Pero ya eran demasiado malas para bajar más. ¿Y dejarlo sin jugar? Sería peor para el instituto que para él...
¿Cómo demonios iba a vengarme de él por robarme mi primer beso, que, aunque protestara y dijera que había sido horrible, realmente había sido lo mejor que me había pasado en la vida? Porque, como dijo mi madre, el mundo se había parado por unos instantes y no había en él nada más que nosotros, y no era justo, porque esa sensación, esa pasión, la tenía que sentir con otro, no con él.
Él era el hombre imperfecto, el que siempre lo hacía todo mal, el que no cumplía ni uno de los requerimientos de mi lista. El que no sería nunca mi príncipe azul. Siempre salía con chicas que tenían más delantera que cerebro, y nunca dos veces con la misma. Dedicaba el mínimo tiempo posible a sus estudios y nunca pensaba en su futuro.
El odio que había entre nosotros dos era demasiado grande como para que de repente se convirtiera en otra cosa. Y yo jamás me arriesgaría a quedar en ridículo por un simple beso, prefería ignorar ese estúpido beso que había sido un error y seguir como hasta ahora.
Planearía cómo continuar fastidiándole y proseguiría con mi lista en busca del perfecto príncipe azul.
Cuando por fin se me ocurrió el modo de llevar a cabo mi plan, a la hora de ponerlo en práctica no fue tan bien como debía: por poco acabamos con un cadáver en el maletero; pero, como soy simplemente perfecta, lo solucioné con la rapidez y la excelencia que caracterizaban todo lo que yo hacía.
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